Trump, el asado criollo y el cambio climático

No cabe duda de que el mundo de hoy es bien difícil, incluso a veces hasta un poco hostil.

Hay, entre otras muchas, dos cuestiones que deberían preocupar a los argentinos en relación con el cambio climático.

La primera es la decisión muy reciente del gobierno de los Estados Unidos de abandonar el Acuerdo de París y, según lo declarado por el mismo presidente Trump, luego renegociarlo. Ha dicho “estamos saliendo del Acuerdo”. Ninguna de las dos cosas, empero, se puede hacer tal como las plantea y tal vez por eso haya resuelto hacerlo. Solo vale la pena tomar una decisión, parece, si en el camino se rompen algunas reglas.

En este caso, que una Parte decida irse del Acuerdo de París es posible, pero implica un proceso, contemplado en el texto del propio acuerdo, que llevaría unos tres años, hasta noviembre de 2020.

En efecto, cualquiera de las Partes podrá denunciar el Acuerdo mediante una notificación en cualquier momento después de que hayan transcurrido tres años a partir de la fecha de entrada en vigor del Acuerdo para esa Parte; para Estados Unidos, que aceptó el Acuerdo, la fecha de entrada en vigor es el 4 de noviembre de 2016. Además, esa denuncia tendrá valor al cabo de un año contado desde la fecha en que se  haya recibido la notificación de denuncia del Acuerdo. Entonces, Estados Unidos debería esperar hasta el 5 de noviembre de 2020, casi al final del mandato de la actual administración.

Tampoco parece posible renegociar el Acuerdo por una decisión unilateral, porque fue adoptado luego de extensas negociaciones que involucraron a casi todas las naciones del planeta. El Acuerdo está en vigor y sería bueno intentar cumplirlo, ya que tampoco es tan exigente, al menos por ahora.

Por otro lado, para los argentinos, sobre todo para aquella mayoría silenciosa de los que siguen gozando, si el presupuesto familiar lo permite, con entrarle a un buen asado criollo el domingo al mediodía, preferiblemente con algunas achuras, aunque el kilo de molleja esté por las nubes, hay otra cuestión que también puede ser bien importante.

Hay que reconocer que los aumentos del precio de la carne, cuyos incrementos compiten probablemente con los de la nafta o la electricidad para saber quien llega más alto más pronto, han hecho más por bajar el colesterol que la alianza de los nutricionistas y los predicadores televisivos.

Pero en esta materia el cambio climático también viene marchando.

Sorprendentemente –o no–, hay grupos de investigadores, especialmente en Europa, por ejemplo Stoll-Kleemann y Schmidt[1], que sostienen que un cambio dietario que conduzca hacia un consumo reducido de carne vacuna constituye una estrategia eficiente para contrarrestar la pérdida de biodiversidad y el cambio climático en regiones –países desarrollados y en transición– donde el  consumo es ya muy elevado, o donde se está expandiendo rápidamente, como en China.

Argumentan esos investigadores que la biodiversidad está siendo degradada o se está perdiendo, y que cerca de un 70% de la deforestación mundial es consecuencia del desmonte para producir forraje para el ganado. Más aun, afirman que alrededor del 14,5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero provienen de la ganadería, en especial de la que se realiza mediante el engorde a corral.

Es que la producción ganadera genera gases de efecto invernadero principalmente por la fermentación entérica, el proceso metabólico que interviene en la digestión del ganado vacuno. Cuanto más largo sea llegar a lograr un animal terminado, un tierno novillo de algo más de 400 kilos, mayores son las emisiones de todo el proceso.

De prosperar esta idea, sería posible que se hiciera mas difícil exportar carne al mercado mundial, si bien tampoco es tan fácil hacerlo hoy, pues o los costos internos, o el tipo de cambio retrasado, constituyen barreras que no es sencillo remontar.

Si a la idea de reducir el consumo de carne se le agregan instrumentos de política como un impuesto en la frontera de los países importadores, que gravara la huella de carbono de la carne, la cosa se pondría todavía más complicada para la industria frigorífica, hoy con una fuerte presencia extranjera, como a fines del siglo diecinueve. Pero también lo sería para los productores ganaderos, que encontrarían una demanda mas debilitada que la que enfrentan hoy.

La huella de carbono representa, muy elementalmente, el contenido de dióxido de carbono que tiene un bien en función de las emisiones de carbono generadas durante su proceso de producción. El impuesto en la frontera está concebido para gravar ese contenido y evitar las asimetrías entre bienes producidos en mercados regulados (en este caso con políticas climáticas activas) o no regulados.

Alemania, por ejemplo, ya ha incluido la reducción del consumo de carne vacuna entre sus metas de política climática y China está realizando campañas publicitarias también para reducir ese consumo.

Aquí la cosa vuelve al punto de partida. Es posible que algunas agremiaciones, sociedades que representan tradicionalmente a los productores ganaderos, frente a este panorama, sugieran hacer la de Trump: que la Argentina se vaya porque no nos conviene.

Este se asemeja a un punto de quiebre, posiblemente, de la política climática de la Argentina. Y para eso es preciso mirar los intereses de toda la sociedad argentina en el largo plazo y los beneficios y costos de las transformaciones energéticas, del transporte, y, por qué no, también del sector agropecuario. En algunos casos ese análisis en profundidad está por hacerse.


[1] Ver en: Stoll-Kleemann, S. y Schmidt, U. J., (2017). Reducing meat consumption in developed and transition countries to counter climate change and biodiversity loss: a review of influence factors. Reg Environ Change (2017) 17:1261–1277. DOI 10.1007/s10113-016-1057-5

Fuente de la imagen: Parrilla Fusión/ Flickr.