La COP 26 | Estamos aún a mitad de camino: ni dar las hurras ni tirar la toalla

Recién acaba de concluir este sábado 6 la primera semana de la vigésima sexta Conferencia de las Partes (COP 26) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

Además de la considerable difusión que se hace en los medios de comunicación acerca de lo que ocurre en las deliberaciones, una divulgación que se entiende es ciertamente apropiada en función de la gravedad de las cuestiones que allí se discuten, han florecido en paralelo, una retahíla de pronósticos, o más bien de conclusiones, aseverando que la COP 26 es un fracaso, cuando aún no habían transcurrido más que dos o tres días del inicio de las negociaciones.

Esas aseveraciones, mayormente formuladas con escaso fundamento, dan por sentado que la Conferencia de las Partes ha fracasado.

Debe reconocerse que ha habido mayor espacio para comentaristas -que suelen reproducir algunos de los enfoques prevalentes en la prensa internacional- como consecuencia de la proliferación de un número considerable de reuniones virtuales en las que se discuten algunos de los temas vinculados a las modalidades para enfrentar el cambio climático, los desafíos que ello representa y los escollos principales para obtener los resultados esperados.

Es posible que la multiplicación de paneles, webinars y mini-conferencias haya ampliado el espacio para la aparición de esos comentaristas sin mayor dominio de las complejas cuestiones asociadas con la negociación para la construcción de un régimen climático internacional en el marco del sistema multilateral de negociación.

En rigor, lo que está en cuestión respecto de algunas de las afirmaciones que se hacen no es solo que sean notablemente prematuras, sino el ponderar cómo se mide el éxito o el fracaso de una reunión de este tipo.

Debe distinguirse, empero, estas opiniones algo improvisadas, de los análisis fundados de aquellos que sostienen que, luego de evaluar lo ocurrido en la primera semana, es posible mantener un cauteloso optimismo respecto de lo que esta sucediendo en la COP, en particular luego del segmento de la Cumbre de Líderes, pese a las enormes dificultades logísticas que las negociaciones soportan, principalmente como consecuencia de las limitaciones a las que obligan los protocolos para evitar la COVID-19.

Como tercera valoración de los resultados de la COP 26, es preciso también diferenciar los pronósticos rotundamente negativos de aquellos otros análisis que han sostenido -desde hace ya algún tiempo- que esta Conferencia enfrenta un plexo de dificultades que restringen las posibilidades de obtener resultados comparables con la magnitud y urgencia que se hacen indispensables para alcanzar las metas globales del Acuerdo de París e identifican las razones para esa ponderación.

Sucede que los impactos de lo que se decida en la COP se deberían desplegar durante toda esta década crítica, con mayor o menor intensidad, según la bondad de los resultados que se alcancen en Glasgow. De modo que es necesario evaluar lo que se acuerde, no solo al contrastar las decisiones con los ítems de la agenda que estaban pendientes desde Katowice y Madrid.

También es preciso calibrar los efectos potenciales de las decisiones que se tomen en cuanto señales claras y decisivas para los actores que en el plano público y en el privado, en su condición de inversores o consumidores, y de ciudadanos o miembros de una comunidad local, deberán adoptar las decisiones que conduzcan a cambiar los estilos de desarrollo y los patrones de producción y consumo, las estrategias políticas y las orientaciones a largo plazo, para evitar la disrupción completa de la vida en el planeta.

Habrá que esperar unos días más y hacer entonces una evaluación realista y equilibrada, tanto como exhaustiva de lo que haya sucedido en la COP 26.