Reflexiones sobre la peste

Hace ya varios años se habla, se escribe, se debate sobre la sostenibilidad. En el ámbito académico, entre los dirigentes políticos, aún los lideres corporativos, refieren a la sostenibilidad como una noción que podría integrar satisfactoriamente el corpus de aspiraciones de una sociedad en crisis, como una alternativa para superar los déficits sociales y los severos impactos ambientales, sin perder nada de la pulsión del beneficio privado.

No obstante, la pandemia del coronavirus desvela, por si hiciera falta, una realidad dramática en los países en desarrollo: las medidas de aislamiento social pueden tal vez ser eficaces, pero como soportan la cuarentena -actual o próxima- millones de ciudadanos en condiciones de vulnerabilidad? Aquellos que ya pasan hambre, viven al día, habitan una vivienda miserable, están desnutridos o mal alimentados, no tienen cloacas y ocupan la periferia de un sistema que los incluye y los excluye por oleadas, según el humor de los mercados, las fluctuaciones de los precios internacionales, la evolución de la economía mundial, los flujos financieros que migran aceleradamente según la rentabilidad diferencial de derivados financieros complejos, mientras la concentración de la riqueza y la desigualdad crecen.

Es un mundo en el que la desigualdad ha venido profundizándose constantemente en casi todos los países, aún con trayectorias nacionales diversas, que subrayan la importancia de los marcos institucionales y de políticas que en cada uno de ellos prevalecen.

Seguramente en el corto plazo hay un conjunto de medidas de política económica y distintas intervenciones del estado que permitirán atenuar el impacto del aislamiento forzoso sobre los grupos sociales más vulnerables por las condiciones de su vida cotidiana.

La cuestión, empero, es como una sociedad desigual atraviesa este tiempo sin plazos, pleno de incertidumbres, amenazante, con la vida de los ciudadanos cuasi en suspenso? Y luego, cómo se enfrentan las consecuencias brutales de esta crisis sobre la salud y sobre la economía nacional?

Es posible, además, vislumbrar un efecto no deseado del aislamiento social: el enorme impacto pedagógico que representa adquirir una conciencia plena del valor de ciertos bienes cuya disponibilidad hasta aquí una parte de la sociedad daba casi por sentado: alimento, agua, electricidad. El aislamiento exige necesariamente empezar a valorar y a administrar austeramente, por ejemplo, los alimentos, prescindir de bienes de consumo casi seguramente innecesarios, revalorar la introspección y los bienes culturales. En definitiva, repensar los patrones de consumo y el estilo de vida que caracterizaran los últimos cincuenta años largos de expansión económica y devastación ambiental.

Tal vez, seria asimismo posible que la sociedad reflexione sobre inadmisibilidad ética y el riesgo que significa tener sociedades tan desiguales que hacen inviable el futuro colectivo.

Por cierto es preciso además una reflexión colectiva acerca de como evitar que un sistema que parece gobernado por algoritmos conduzca finalmente a la humanidad a un destino trágico.

Es que después de casi doscientos cincuenta años de desarrollo económico del sistema capitalista -con sus claroscuros brutales- hoy la humanidad se enfrenta a dos crisis igualmente desesperanzadoras: la crisis de salud y la crisis ecológica. Hay, si, una diferencia: el corona virus se despliega a la velocidad de los tiempos de la globalización. El cambio climático avanza con los ritmos de los procesos biogeofísicos y al compás del avance inexorable del hombre sobre los ecosistemas.

Una de las preguntas centrales que es necesario formular es cuál es el espacio, y cuánta la voluntad social para corregir o reformar radicalmente los desequilibrios que el sistema económico reproduce y agudiza.